Miguel Robledo Cimbrón: planteamientos vitales que se superponen.

Robledo Cimbrón

Como su lugar de nacimiento, los trazos de Robledo parecen dictados por una disposición aparentemente casual que se nos impone y determina. No obstante, cada trabajo, en su mayor parte realizados en técnica mixta sobre papel, es un itinerario compartido y un catálogo de sensibilidades dictadas por los diferentes grosores y tonalidades. Se nos presenta una acumulación de intenciones, como capas de significación, planteamientos vitales que se superponen, donde cada uno emplaza y a la vez redime y reinterpreta al anterior.

Robledo nace en 1956 en Mora de Rubielos (Teruel) por dictado del azar o de la belleza, ya que su familia se había trasladado temporalmente a esta localidad por el trabajo del padre. Se crio en Ávila, la tierra de sus antecesores, en la villa de Mombeltrán. A sus ocho años su familia y él se trasladaron a Barcelona en busca de mejores perspectivas y allí se forjó su visión estética itinerante y despojado. Tras diplomarse en artes aplicadas en 1973 trabaja en una carpintería hasta que los hermanos Ribas y Badia lo introducen en la pintura al óleo, técnica que le permite adentrarse en una nueva plasticidad, en un nuevo mundo sensorial. De un primer realismo lúcido e inquieto, se va adentrando en las confluencias ya asentadas y evolucionadas del informalismo matérico catalán; de esta revelación parte un mundo propio de reinvención de lo material, de liberación de la forma, sin dejar de insinuarla, hacia la búsqueda de una suerte de totalidad, hacia un equilibrio de fuerzas representadas por diversos materiales y por la experimentación con colores tensos y gestuales. Su mano adquiere la energía y el espíritu evocador que imita en pocos trazos el devenir azaroso y metódico de sus microcosmos particulares.

Todo artista pictórico desea trascender el marco de su obra: más allá de la mirada del contemplador, más allá del soporte que lo constriñe, de las interpretaciones que lo pretenden domar. Miguel Robledo busca espacio en el mismo lienzo, trasciende hacia adentro; aplicando tierra, objetos y pigmentos baraja dimensiones físicas repletas de mundos lúdicos, lenguajes paralelos y curiosidad cosmogónica que nos aúnan como espectadores en la estimulante perplejidad a la vez que nos hacen intérpretes únicos de nuestro yo individual.

Ángel Palenzuela