El pintor gallego Jorge Castillo y la búsqueda del equilibrio entre realidad y fantasía

Jorge Castillo , pintores gallegos contemporáneos

Cuando el pintor gallego Jorge Castillo abandonó la Pontevedra que lo vio nacer para iniciar, como polizonte, su primer viaje a las Américas, ni siquiera era capaz de imaginar que en el exilio encontraría el motor de su existencia; corría el año 1934 y apenas tenía un año de edad. Su padre, un periodista contrario al movimiento franquista, emigró con toda su familia a Argentina huyendo de represalias políticas. El pequeño, por falta de fondos, tuvo que llegar a Buenos Aires oculto en una cesta. No pasaron demasiadas primaveras desde ese viaje hasta que Jorge Castillo supo que la pintura se convertiría en la brújula que dirigiría toda una vida dedicada al arte.

Pintor precoz y autodidacta

Jorge Castillo quería aprender a escudriñar la realidad, pero a través de sí mismo. Ya desde pequeño mostraba ese espíritu rebelde del que nada a contracorriente movido por un impulso interno, sin tener en cuenta las modas ni las expectativas ajenas. Con apenas siete años retrataba a sus vecinos, y antes de los diez emulaba obras de Rubens con lápices de colores. Nunca fue muy buen estudiante y lo expulsaron de varios colegios; lo que realmente le gustaba era perderse por las calles bonaerenses, inspiración en su niñez y adolescencia, para observar la vida y a las gentes.

Es posible que nunca fuese capaz de ver la realidad como la mayoría de los mortales, de ahí quizás esa inquietud que se convirtió en un modo de vida, y que le llevó a abandonar el hogar familiar con solo dieciséis años para emprender un periplo artístico que le conduciría por el mundo en busca de su particular forma de aprehender la realidad y expresarla mediante la pintura.

Viajar, descubrir, expresar: el sueño bohemio de Jorge Castillo

El joven Jorge Castillo se ganaba la vida en Buenos Aires repartiendo cartas o fregando platos. Consiguió exponer algún cuadro y publicó relatos cortos en varias revistas, hasta que la capital argentina empezó a quedársele pequeña y puso sus miras en una nueva meca: París. Tuvo que realizar un alto en su camino para cumplir con el servicio militar en España, después del cual se quedó en la calle y sin ingresos, salvo los que recibía ocasionalmente por la venta ambulante de algún dibujo.

Su carrera profesional llegó de forma inesperada, cuando en un local del centro de Madrid, entre cafés y humo de cigarros, sus dibujos sorprendieron a un círculo de artistas e intelectuales. Esta casual reunión le sirvió para conseguir el mecenazgo de Luis González Robles, promotor de exposiciones, bajo cuya protección el pintor gallego realizó su debut en la Bienal de Sâo Paulo de 1960, cuando la crítica internacional catapultó sus obras a las paredes de prestigiosos museos y galerías de arte de Europa y América.

Madrid enfocó su carrera artística, pero era una ciudad que nunca le había gustado. Por el contrario, París provocaba sus sentidos. Fue en la Bienal de Venecia de 1964 cuando consiguió el contrato que le permitiría poner rumbo a la capital francesa, donde le esperaban las vistas del barrio de Saint Germain para cumplir su sueño bohemio. Pero Jorge Castillo es un hombre de mundo; su periplo no había acabado. Sellaría todavía su pasaporte en Ginebra, Boissano, Berlín, Barcelona, Nueva York, Ibiza y Helsingborg.

Cuando se instala en Barcelona en 1976, Jorge Castillo es un pintor reconocido a nivel internacional y sus obras se exponen en museos como el Guggenheim de Nueva York o la Nationalgalerie de Berlín. Los precios que alcanzan sus cuadros en galerías y subastas de arte le permiten vivir holgadamente, y se relaciona con personajes como Salvador Dalí, Juan Marsé o Jaime Camino. Sin embargo, pronto decide mudarse a Nueva York, ciudad en la que alcanza la madurez artística con obras como Williamsburg-bridge (1987-88)  o Riverside East (1988), en las que podemos apreciar cómo cristaliza su estilo personal, su particular percepción que conjuga el detalle y la perfección matemática con la atmósfera mágica propia de una fantasía onírica.

El personal estilo pictórico de Jorge Castillo, una síntesis vanguardista única

Decía en 1973 el crítico de arte José de Castro Arines que artistas como Jorge Castillo “no eran tanto constructores de arquitecturas visibles como proyectistas de arquitecturas invisibles”. La de este pintor gallego contemporáneo es una pintura de carácter existencialista; no le basta con arañar con su pincel la superficie de las cosas, necesita capturar su esencia percibida, recordándonos los principios de la pintura metafísica encarnada por Giorgio de Chirico. Para alcanzar este fin, que se convertirá en elemento unificador de toda su producción artística, Castillo recurre a diversos lenguajes plásticos y técnicas pictóricas, lo que convierte su corpus operae en una especie de torbellino de diferentes tendencias y recursos. Cultivó el óleo, el acrílico, el grabado, la acuarela, el dibujo… empleando en numerosas ocasiones técnicas mixtas. Con el paso del tiempo fue decantándose por el grabado, aunque nunca dio de lado el dibujo y la pintura.

Jorge Castillo es un pintor personalísimo, complejo; y esta complejidad se traduce en las múltiples clasificaciones que se le atribuyen a su estilo. Ciertamente, pueden apreciarse guiños al surrealismo figurativo de Dalí o de Ernst en obras como Bodegón con Pájaro (1985), y es posible encontrar cuadros que beben de la abstracción, como Ojos Azules (1961). Incluso hallamos referencias al cubismo de Picasso o de Braque en algunos cuadros de su etapa neoyorkina, y  También se le ha enmarcado dentro de la corriente costumbrista, por el interés central que adquieren en su obra los objetos cotidianos. Tantas nomenclaturas que se le atribuyen, y parece que Jorge Castillo no termina de encajar en ninguna de ellas.

Pese a que su estilo resulta cambiante y fragmentario, es posible localizar ciertas características que permean su trayectoria, empezando por la ligereza de su trazo y la singularidad de su dibujo. Destaca también en sus obras el gusto por el detalle y la conceptualización icónica, donde objetos y emociones se reducen a esquemas perceptivos más universales. Otro rasgo recurrente es la representación de las vivencias de personajes solitarios, del cual podemos hallar un ejemplo en el aguafuerte que introduce este post, titulado El domingo de Marienza (1972).

Aunque la producción artística de Jorge Castillo obtuvo en sus inicios una mayor repercusión en los países de habla anglosajona, hoy comienza a recibir su merecido reconocimiento en la tierra que le vio nacer, Galicia, donde se muestran sus obras en diversos museos, galerías y salas de exposición, así como en el resto de España.

Su estilo único y personal y su carrera repleta de cambios radicales han convertido a Jorge Castillo en uno de los más internacionales pintores gallegos contemporáneos, junto a figuras como Laxeiro o Lugrís Vadillo. Sus obras son ampliamente valoradas por coleccionistas y marchantes de arte de todo el mundo que desean comprar cuadros irrepetibles, encontrándose  su cotización al alza, por lo que es frecuente encontrar ejemplos de su obra a la venta en galerías y subastas de arte online.

Si tienen la ocasión de visitar una muestra de su trabajo o están pensando en adquirir un cuadro de este pintor, déjense atrapar por el mundo de duermevela que ofrece Jorge Castillo: una realidad mágica en la que lo irreal se funde con lo real hasta resultar verosímil.

Eva Vilar C.