La mirada impasible de Willi Kissmer: la presencia frente a la esencia

Pintura contemporánea , Realismo figurativo , Willi Kissmer

Enfrentarse a las obras de Willi Kissmer es como aventurar la mirada a través de una ventana indiscreta, como si, extendiendo la mano, pudiéramos llegar a palpar la corporeidad de las figuras que representan. Considerado como uno de los exponentes más claros del realismo figurativo, el pintor alemán retoma la pureza formal de los clásicos centrando su atención en la realidad inmediata y objetiva, la cual es capaz de retratar con la exactitud y la frialdad propias de un sensor fotográfico.

Su obra es un acercamiento impasible a una realidad cruda, despojada de cualquier belleza idealizada y de cualquier sensación capaz de trascender más allá de los sentidos. En sus obras nos habla del tacto y de la vista, de lo más evidente e inmediato: lo que atraviesa los ojos en una primera mirada, como si no existiese -o no importase- nada más.

La de Willi Kissmer es una aproximación extrema a la realidad de la materia, significante en sí misma más allá de toda espiritualidad.

El comportamiento de la materia como motivo y como temática  

La pintura de Willi Kissmer es un parsimonioso análisis de la materia y de sus propiedades. Más allá de contar historias o de retratar sensaciones, sus cuadros parecen embalsamar estados del mundo físico que, mediante la presencia concreta de un componente o gracias a una determinada presencia lumínica, acaban por convertirse en motivo de asombro y de estudio, elevándose, así, desde el mero detalle hasta la categoría de tema.

De este modo, las temáticas tratadas en su obra pueden catalogarse exclusivamente en el espectro de las naturalezas muertas; desde las composiciones de carácter industrial típicas de su primera época, en la que se dedica a plasmar con pasmosa y parsimoniosa minuciosidad hasta el más leve detalle de tejidos, objetos cotidianos y  elementos arquitectónicos; hasta los cuadros que pergeñan su periodo más maduro, depurado, personal y reconocible, en los que la figura femenina, con sus formas y texturas, acaba por convertirse en el centro casi exclusivo de la mirada del pintor.

Quizás englobar la producción artística de Willi Kissmer bajo el epígrafe de naturalezas muertas pueda resultar chocante, al no hallar en sus cuadros las típicas composiciones de flores marchitas, bodegones de caza o exuberantes frutas. Sus naturalezas muertas parten de un concepto diferente, tanto cuando dirige su analítica mirada a los elementos arquitectónicos y decorativos de la vida diaria como cuando escudriña los surcos, volúmenes y texturas del cuerpo humano, Kissmer parece extraerlos del mundo para colocarlos en una especie de limbo irreal, arrancándoles la vida y el significado, descontextualizándolos, encumbrando las partes en detrimento del todo como en una suerte de inquietante metonimia más allá del reino de los vivos.

Tal y como podemos ver en obras de su primera etapa como Two Pots  o First Monk of the Moon , la mirada del autor consigue dotar a los elementos de lo cotidiano de una presencia única y diferente que se manifiesta en la forma en la que estos se erigen como dueños del espacio por su propia existencia en el plano de lo material. Los percibimos, pues, como reales en cuanto a que reciben los efectos de su entorno, significantes por su mera presencia descontextualizada, en la que los efectos de su materialidad son revelados bajo la influencia de la luz y de las atmósferas, comportándose siempre de un modo pasivo.

En este tipo de cuadros, menos conocidos en la trayectoria del Kissmer, es donde podemos hallar la más clara referencia a las típicas naturalezas muertas del realismo decimonónico, con el que comparte rasgos como la crudeza de las representaciones, rígidamente ceñidas al mundo de lo real, la presencia violenta de los claroscuros que acuchillan la materia hiriendo sus formas y colores o los detalles casi fotográficos de los paños y telas que nos deslumbran por su estado pasajero, no por su esencia estática y universal. La de Kissmer es una readaptación del más clásico de los estilos a la realidad contemporánea, una reinvención del realismo a través de la temática, no de la forma.

Más allá de sus bodegones de tarros, telas y elementos arquitectónicos, resulta menos intuitivo el hecho de definir como naturalezas muertas los cuadros en los que representa la figura femenina, epicentro de su creación a partir de los años ’80 y cuyo personal tratamiento ha terminado por convertirse en el sello personal de este maestro contemporáneo.

Así, resulta inquietante reparar en que las figuraciones femeninas de las obras de Kissmer muestran la misma presencia pasiva que los objetos inanimados de sus bodegones. Torsos desnudos, senos que se intuyen bajo telas finas y ceñidas o nalgas que se revelan sugerentes bajo la caricia húmeda de veladuras adquieren su protagonismo y presencia por su propia materialidad descontextualizada, empleada como lienzo sobre el que las leyes de la física realizan sus efectos.

Esta sensación de materialidad con la que el pintor retrata el cuerpo femenino, reduciéndolo a fragmentos de carne disociados de toda individualidad y humanidad, se ve  acentuada por la ausencia de rostros que identifiquen a las mujeres de sus cuadros, una constante a lo largo de toda su producción artística.

Así, tal y como podemos apreciar en obras como  Serie Negra nº 1, Dyptichen weiss schwarz  o Serie Negra nº 14, la mujer deja de ser “una” para convertirse en una representación de “todas las mujeres” y de sí misma a través de los elementos más representativos de la fisionomía femenina, en una especie de sinécdoque que le confiere la presencia pasiva propia de un objeto más en la composición de una naturaleza muerta, abandonada de voluntad, colocada y situada en la escena como parte de un bodegón.

El realismo figurativo como estilo y como proceso

Siguiendo las pautas del realismo figurativo que a partir de mediados del siglo XX toma cuerpo en Europa convirtiéndose en el menos contemporáneo de los estilos contemporáneos, se ha dicho de  Willi Kissmer que es “un joven maestro que trabaja siguiendo el estilo de los viejos maestros”.

Retomando la corriente realista que alcanza su esplendor en la Francia del siglo XIX, Kissmer presta atención a los objetos de la vida real y cotidiana, banales a simple vista, los cuales encumbra como motivo de interés por sus características intrínsecas, retratándolos de una manera cruda y objetiva, alejada de cualquier gestualismo o idealización romántica.

Aunque es posible diagnosticar en su obra características formales propias de los maestros clásicos, como el detalle en el tratamiento de la luz mediante, el uso de claroscuros o la riqueza de los drapeados, Kissmer rompe con la tradición realista mediante la representación de temáticas alejadas del objetivismo social de siglos pasados. A diferencia de Coubert, Millet o Daumier, quienes empleaban la pintura con afán crítico, la de Kissmer es una mirada alejada del compromiso social, centrada en la manifestación de la materia y sus cualidades.

En cuanto al proceso artístico empleado en la génesis de sus obras y, según el propio pintor alemán, todo su universo pictórico bebe de su experimentación personal del entorno más cercano, algo que diagnostica como resultado de una suerte de pereza que lo lleva a buscar la inspiración en su ambiente más inmediato.

Al igual que otros compañeros de corriente como Serge Marshennikov, sus cuadros toman la fotografía como forma de captar el instante concreto y exacto, más allá de cualquier artificio añadido, convirtiéndola en el primer paso de su proceso creador.  De este modo, cada obra nace a partir de una instantánea en blanco y negro la cual recrea, posteriormente y capa por capa, mediante la pintura.

Sin embargo, es aquí donde su pretendida pereza pierde todo significado, puesto que el tiempo que se supone que no dedica a buscar un referente digno de ser retratado pasa a ser empleado en el meticuloso proceso con el que consigue dar cuerpo a sus cuadros, basado en la superposición de capas de pintura con las que consigue que sus engendros primigenios en aguatinta monocromática acaben convirtiéndose en obras ricas en matices a todo color.

Es mediante este proceso como Kissmer consigue dotar a sus cuadros del asombroso realismo que los caracteriza, en el que el cromatismo es capaz de recrear a la perfección los efectos de la luz sobre los objetos y los cuerpos, en un ejercicio de pasmosa fidelidad que nada tiene que envidiar a las fotografías a través de la que fueron paridos.

Willi Kissmer: su vida

Nacido en 1951 en la ciudad alemana de Duisburg, la vida de Willi Kissmer estuvo siempre vinculada al mundo de las artes. Apenas cumplida la mayoría de edad ya había debutado como guitarrista del grupo de rock Bröselmaschine,  realizando diversas actuaciones y conciertos en el área de su ciudad natal, carrera que simultaneó entre 1971 y 1976 con sus estudios de Artes Gráficas en la Universidad de Essen.

Finalizada su etapa universitaria, la veintena de Kissmer transcurrio en una constante sucesión de viajes de aprendizaje que le llevaron a países como Rusia, Egipto o Grecia, donde tuvo contacto con diferentes corrientes pictóricas que hicieron mella en su personal estilo.

En 1980 da por finalizada su carrera musical para concentrarse de pleno en las artes plásticas, retomando sus estudios en Duisburg, donde se inició en la técnica del grabado. Es durante esta época cuando realiza sus primeras composiciones de temática industrial, tomando como punto de inspiración el ambiente de las fábricas. Sin embargo, estas temáticas pronto darán paso a sus cuadros más reconocibles, realizando en 1985 su primer torso femenino.

Dedicado completamente a la pintura, en 1989 establece su estudio en la histórica torre Hebeturm de Duisburg, lugar que se convierte en un foco de inspiración para el pintor, apareciendo repetidamente en sus obras. Sin embargo, su nuevo emplazamiento no le impide emprender nuevos viajes, realizando una estancia educativa de un año en la India.

En los ’90, Willi Kissmer es ya un pintor reconocido y sus se exponen en diversas muestras de Estados Unidos e Inglaterra. Desde entonces, su prestigio no deja de crecer, al igual que la admiración que despiertan sus obras entre la crítica internacional y los amantes del arte, convirtiéndose en uno de los grandes maestros del realismo contemporáneo.

Eva Vilar C.