Secretos de Salvador Dalí: Simbología en la obra de Dalí

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De la obra de Salvador Dalí emerge la más pura esencia del surrealismo, movimiento al que el pintor dedicó su vida, volcando en cada creación sus pasiones, obsesiones y miedos más profundos. Pese a ser un pintor prolífico, del estudio de los cuadros de Dalí podemos extraer una serie de elementos recurrentes con los que intuir, si cabe, un esquema de los anhelos que le empujaron a expresar, a través del pincel, su dramática personalidad.

Para analizar estos recursos comunes prestamos atención a algunas de las obras más emblemáticas del pintor de Figueres: La Persistencia de la Memoria (1931), El Gran Masturbador (1929) y El Ángelus Arquitectónico de Millet (1933).

La persistencia de la memoria (1931)

Los relojes blandos aparecen por primera vez en la obra de Dalí en 1931, cuando el artista pergeña uno de sus cuadros más auténticos: el archiconocido lienzo “La persistencia de la memoria”. De las imágenes creadas por el pintor, quizás esta sea la que con mayor fuerza ha penetrado en el inconsciente de los espectadores, convirtiéndose casi en emblema representativo del genio surrealista. En su autobiografía “La vida secreta de Salvador Dalí”, el pintor relata cómo fue el proceso de creación de esta interesante obra:

Era una tarde en la que me sentía cansado y sufría un ligero dolor de cabeza (...). Teníamos que ir al cine con unos amigos, y en el último momento decidí quedarme. Gala iría con ellos, y yo me quedaría en casa para acostarme temprano. Habíamos rematado nuestra comida con un camembert muy vigoroso, y cuando hubieron salido todos, permanecí largo tiempo sentado a la mesa meditando sobre los problemas filosóficos de lo “superblando” que el queso presentaba a mi espíritu. Me levanté para ir al estudio, donde encendí la luz para dar una última mirada, como tengo por costumbre, a la obra que estaba pintando. Esta pintura representaba un paisaje cercano a Portlligat, cuyas rocas estaban iluminadas por un transparente y melancólico crepúsculo (...). Sabía que la atmósfera que había logrado crear con este paisaje habría de servir de marco a alguna idea, a alguna soprendente imagen; pero no sabía en lo más mínimo lo que sería. Me disponía a apagar la luz, cuando instantáneamente “vi” la solución. Vi dos relojes blandos, uno de ellos colgando lastimosamente de la rama del olivo. (...) Preparé ávidamente mi paleta y me puse a la obra. Cuando Gala regresó del cine (...) la pintura, que había de ser una de mis más famosas, estaba terminada. Hícela sentar delante de ella con los ojos cerrados: “¡A la una, a las dos, a las tres, abre los ojos”. Miraba yo fijamente el rostro de Gala y vi en él la inconfundible contracción de la maravilla y el asombro. Esto me convenció de la eficacia de mi nueva imagen, pues Gala no se equivoca nunca al juzgar la autenticidad de un enigma. Le pregunté:

- ¿Crees que dentro de tres años habrás olvidado esta imagen?

- Nadie podrá olvidarla una vez vista.


El Gran Masturbador (1929), el despertar del erotismo daliniano

El Gran Masturbador es, sin duda, otro de los cuadros más famosos de Salvador Dalí. Encarna también la más clara representación de las obsesiones sexuales del artista, reseñada por el propio Dalí en su obra autobiográfica “La vida Secreta de Salvador Dalí” (1942) de la siguiente manera:

Representaba una gran cabeza, amarilla como la cera, muy encarnadas las mejillas, largas las pestañas, y con una nariz imponente apretada contra la tierra. Este rostro no tenía boca, y en su lugar había pegada una enorme langosta. El vientre de la langosta se descomponía y estaba lleno de hormigas. Varias de estas hormigas corrían a través del espacio que habría debido llenar la inexistente boca de la gran cara angustiada, cuya cabeza terminaba en arquitectura y ornamentación estilo 1900. El título de la pintura es El Gran Masturbador.

Salvador Dalí pintó este cuadro en 1929 tras haber pasado varios días en Cadaqués en compañía de Gala, quien a partir de entonces pasó a convertirse en una constante en su vida artística y personal. Diversos autores coinciden a la hora de definir el cuadro como una obra eminentemente autobiográfica, identificando el rostro amarillo como la personificación del propio pintor, que por aquel entonces atravesaba un proceso de transformación anímico-erótica, fruto de la irrupción de Gala en su vida.

De los escritos de Dalí también podemos inferir esta identificación entre su persona y el rostro del Gran Masturbador; aunque nunca llegó a afirmar inequívocamente que el rostro angustiado del lienzo es un autorretrato, las alusiones  a la masturbación en su autobiografía son múltiples. Por otro lado, también encontramos fragmentos de su obra escrita en los que revela cómo la morfología del cabo de Creus había servido de modelo e inspiración para este compungido rostro:

En este lugar privilegiado lo real y lo sublime casi se tocan. Mi paraíso místico comienza en los llanos del Ampurdán, rodeado por plenitud en la bahía de Cadaqués. Este país es mi inspiración permanente. El único lugar del mundo, también, donde me siento amado. Cuando pinté aquella roca a la que titulé El Gran Masturbador, no hice más que rendir homenaje a uno de los jalones de mi reino; mi cuadro fue un canto a una de las joyas de mi corona.

Hallamos pues, en el rostro del Gran Masturbador, el cénit de la fantasía daliniana, un amasijo de carne y piedra que representa las tensiones sexuales que dominaban su ser a finales de los años ‘20, y que se manifestará de forma recurrente a lo largo de toda su trayectoria artística.

El Ángelus, la obsesión por Millet

Dalí comienza a mostrar interés por la obra de Millet a principios de la década de los ‘30, dejando constancia de ello en el ensayo “El mito trágico del Ángelus de Millet”, cuya redacción comienza en 1933, a pesar de ser publicado todavía  treinta años después.

La inquietud que El Ángelus produce en el pintor catalán se basa en la identificación de un “contenido latente” que convierte la obra en una pintura “turbadora y enigmática, en palabras del propio Dalí. Según el pintor, la pareja del Ángelus representa una escena de agresión, sexo y muerte cuya esencia el artista asume para incorporarla simbólicamente a muchas de sus creaciones posteriores. Prueba de esta obsesión son varios cuadros pintados entre 1929 y 1935, como Monumento imperial a la mujer-niña (1929), Gala y el Ángelus de Millet precediendo a la llegada inminente de las anamorfosis cónicas (1933) o El Atavismo del Crepúsculo (1934).

La impresión causada en Dalí por la emblemática obra de Millet le acompaña también en fechas posteriores, llevándole a recuperar el tema en uno de los decorados que diseñó para el ballet Tristán Fou de 1938, estrenado un año más tarde en el Metropolitan Opera House de Nueva York bajo el título de Bacchanale. También en 1965 el espectro de Millet vuelve a materializarse en el lienzo La estación de Perpignan, obra que recoge parte de la mitología daliniana estructurada en torno a las icónicas figuras de Millet.

El último homenaje a Millet que encontramos en la producción artística de Dalí nos traslada a finales de los ‘70, cuando pinta el óleo Aurora, mediodía, atardecer y crepúsculo (1979), en el que el pintor  reproduce los diferentes momentos del día tomando como motivo la hierática figura femenina del Ángelus, cuyos colores y matices varían al compás de las diferentes vibraciones lumínicas.

Estas son solo algunas de las más representativas obsesiones que dan forma al corpus simbólico daliniano. Un imaginario denso y críptico, oscuro, soterrado… del que apenas podemos intuir las más superfluas pinceladas.