Etapas, vivencias e influencias en la obra de Salvador Dalí

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“Creo en la magia que, en última instancia, es meramente el poder de materializar la imaginación en realidad. Nuestra época supermecanizada subestima las propiedades de la imaginación irracional, que no deja de ser la base de todos los descubrimientos”.

Salvador Dalí

El surrealismo soy yo”, afirmaba Salvador Dalí. Y sus palabras viven y resuenan en la historia a pesar del paso del tiempo. Su prolífica y singular creación marcó un punto de inflexión en el mundo del arte, dando lugar a la figura, a la leyenda, al mito; invocando el recuerdo de un artista que supo vencer la batalla contra la memoria con su mirada, su técnica y su temperamento.

Hablar de Dalí es hablar de genio vivo, de vanguardia pura, del más crudo surrealismo. Dalí es arte, y el arte no muere nunca.

Salvador Dalí: un genio precoz

Nacido en Figueres (Gerona), en 1904, Salvador Dalí no fue, durante sus primeros años, un estudiante brillante, aunque sí demostró un precoz interés por el arte.

Su primer contacto con el mundo de la pintura tiene lugar en su más tierna infancia, cuando, a raíz de la lectura de la Colección Gowan’s Art Books, comienza a sentir fascinación por la sensualidad que desprenden los desnudos de Rubens y por el simbolismo encerrado en las obras de los maestros flamencos.

Sin embargo, estos primeros affaires con la pintura no llegan tan solo a través del papel impreso, sino que el futuro artista también se ve imbuido por la estética impresionista antes de cumplir la mayoría de edad, gracias a su estancia en la finca El Molí de la Torre, propiedad de la familia Pichot a las afueras de Figueres, donde tiene la oportunidad de disfrutar de la colección de arte que poseía Ramón Pichot, quien, además, pasó a convertirse en su primer referente de artista profesional, a quien el joven Dalí tomaría como ejemplo.

Es durante su etapa en el instituto cuando Dalí comienza a centrarse en el mundo del arte, comenzando a destacar en el ambiente académico gracias a la motivación que supieron brindarle sus profesores. Así, durante su estancia en el instituto de Figueres, el joven genio colabora con la revista estudiantil Studium, publicando una serie de crónicas de arte en las que escribe sobre Goya, Durero, El Greco o Velázquez (+enlace a https://subastareal.es/blog/la-pintura-religiosa-en-velazquez), alguno de sus artistas más admirados; y pintando obras de corte clasicista como Marina (1916) o Cadaqués; Playa de Es Llaner (1916), donde es posible apreciar las influencias impresionistas que recibió durante esta primera etapa de formación.

Esta admiración por los grandes maestros de la pintura se materializa en una ingente obra propia que comienza a ver la luz a partir de 1919, fecha en la que Dalí celebra su primera exposición colectiva, compartiendo pared con otros pintores de Figueres en el antiguo Teatro Municipal de la localidad, hoy en día Teatro-Museo Dalí. En esta muestra, Dalí recibe, por primera vez, el reconocimiento de la crítica, al escribir Josep Puig Pujades las siguientes palabras sobre sus primeras obras:

“El hombre que siente la luz como Dalí Domènech, […] es ya un artista de la clase de los que darán de hablar. […] Saludamos al nuevo artista y tenemos la firme esperanza de que con el paso del tiempo nuestras palabras […] tengan el valor de una profecía: Salvador Dalí Domènech será un gran pintor”.

Josep Puig Pujades en Empordà Federal, el 11 de enero de 1919

La etapa madrileña de Salvador Dalí

Cuando llega a los 18 años, año en el que ingresa en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, Salvador Dalí cuenta ya con decenas de obras a sus espaldas: ha cultivado el paisaje, el retrato, el dibujo, las naturalezas muertas y las escenas costumbristas, y sus obras ya han sido expuestas en diversas muestras y recibido algún que otro premio, por lo que, pese a su corta edad, ya no es ningún principiante, realidad de la que él mismo es consciente, tal y como atestiguan los pensamientos conservados para la posteridad en su diario de juventud, de los cuales nos permitimos tirar un fragmento que denota la seguridad y confianza que el joven artista depositaba en su talento:

“Me iré a Madrid, a la Academia de Bellas Artes. Allí pienso pasar tres años trabajando como un loco. […] Que el sacrificarme y el aferrarme a la verdad nunca está de más. Después ganaré la pensión para ir cuatro años a Roma; y al volver de Roma seré un genio, y el mundo me admirará. Quizá seré despreciado e incomprendido, pero seré un genio, un gran genio, porque estoy seguro de ello”.

Salvador Dalí, abril de 1921.

Su traslado a Madrid para cursar sus estudios en la Academia de San Fernando es uno de los momentos decisivos en la vida y en la obra de Salvador Dalí. Durante esta etapa, comienza su relación con algunos de los más grandes intelectuales de la España del siglo XX, entre los que destacan Federico García Lorca y Luis Buñuel, con quienes llegaría a conformar el grupo artístico más emblemático de este tiempo, forjando una fecunda amistad que se mantendría a través de los años trascendiendo el ámbito de lo personal y haciendo historia en el mundo del arte.

Pese a que el joven Dalí se toma con entusiasmo y constancia su aprendizaje, su paso por la Academia de San Fernando no transcurre exento de polémicas, al ser expulsado temporalmente por encabezar una protesta estudiantil. Sin embargo, Dalí aprovecha este año sabático para continuar su instrucción iniciándose en el arte del grabado de la mano de Juan Núñez, su maestro durante la adolescencia. Es también durante este lapso en sus estudios cuando tiene sus primeros escarceos con el cubismo, a través de la lectura del catálogo futurista “Pittura Scultura Futuriste (Dinamismo Plástico)” y de las revistas L’Esprit Nouveau  o Valori Plastici .

A su vuelta a la Academia de San Fernando, su obra ya se había materializado adoptando los valores adquiridos de su aproximación autodidacta al cubismo, como podemos apreciar en obras como Naturaleza Muerta; Sandía (1924), de marcado carácter vanguardista; Retrato de Luis Buñuel (1924) o Bañista, Retrato de Joan Xirau (1924), donde, a pesar de la estética clasicista, puede apreciarse una marcada estructuración de los volúmenes, típica del cubismo. Estas obras salen a la luz por primera vez en 1925 en la Primera Exposición de la Sociedad de Artistas Ibéricos, considerada un hito fundamental en el arte contemporáneo español.

También durante estos prolíficos años es cuando el artista realiza su primera muestra individual, celebrada en 1925 en las Galerías Dalmau, en Barcelona, donde expone, por un lado, obras de un marcado clasicismo, como Muchacha Sentada (1925) o la emblemática pintura Figura en una Finestra (1925), en la que podemos apreciar claros vínculos con la tradición pictórica catalana; y, por otro, cuadros imbuidos por la inquietud del cubismo y la abstracción, como Naturaleza Muerta; Sifón y Botellita de Ron (1924).

Hacia un lenguaje pictórico personal: el descenso de Dalí al abismo surrealista

Clasicismo y vanguardia se dan cita durante estos años en la obra de Dalí, comenzando a definir un simbiótico lenguaje pictórico que aúna con pasmosa plasticidad elementos de lo más dispares, haciendo sus pinturas únicas y reconocibles. Así, hallamos ya en Venus y un Marinero, expuesta por primera vez en 1925, los rasgos que acabarían por definir el personalísimo universo artístico del pintor, culmen de un largo trayecto de aprendizaje y experimentación en busca de su propio estilo pictórico, que no deja de ser, a un tiempo, personal (en cuanto que original) y colectivo (en cuanto que influido por la idiosincrasia de su tiempo).

Es también durante el último lustro de la década de los ’20 cuando el surrealismo comienza a hacer mella en la producción daliniana, anticipando, de este modo, algunos de los elementos que acabaran definiendo el resto de su trayectoria artística, tales como los miembros amputados, las figuras en estado de putrefacción o los peces; con los que comienza a dejar de lado su inicial clasicismo para comenzar a pergeñar un lenguaje más particular, tal y como podemos apreciar en obras como La miel es más dulce que la sangre (1927) o Aparato y mano (1927), que inauguran la personal caída del artista al abismo de la figuración surrealista.

Al tiempo que esta estética surrealista y turbadora de la que empiezan a hacer gala las composiciones de Dali comienza a fraguar, también lo hace la polémica que acompañaría todos los ámbitos de su vida, que encuentra su primera manifestación al ser retirada su obra Los deseos insatisfechos (1928) del III Saló de Tardor por parte del director de la exposición, que la consideraba obscena, dando la razón al surrealista, que años atrás hacía profetizado el rechazo al que le confinaría su genialidad.

De este modo, la gradual caída de Dalí en el abismo surrealista comienza en 1926 y se ve claramente documentada en la correspondencia que el pintor mantuvo con su amigo Federico García Lorca, a quien mantenía al tanto de sus tribulaciones filosóficas y artísticas, que acabaron fraguando, en 1927, en el famoso artículo San Sebastian, donde explica las bases de su nueva estética.

Un año más tarde, la fundamentación teórica e iconográfica de sus cuadros toma cuerpo definitivamente en el Manifest Groc (1928) o Manifiesto Antiartístico Catalán, uno de los manifiestos vanguardistas españoles más trascendentes, en el que el propio Salvador Dalí, junto a las firmas de Sebastià Gasch y Luis Montanya, arremeten contra la cultura catalana hegemónica del momento y proponen un nuevo orden cultural basado en los elementos propios de la sociedad industrial.

Dalí en París y su tiempo al frente del Grupo Surrealista

Es en 1929 cuando, definitivamente, Salvador Dalí da un giro de ciento ochenta grados a su universo pictórico y a su propia vida. Durante este año, Dalí llega a París para estrenar la película Un perro andaluz (1929), filme de su amigo Luis Buñuel, en el que el pintor colabora como guionista.

En la capital francesa y gracias a la mediación de Joan Miró, con quien había mantenido correspondencia postal, entra en contacto con el grupo surrealista, del que llega a convertirse en uno de sus mayores exponentes, causando una profunda impresión en alguno de sus más destacados miembros, especialmente en André Bretón.

La militancia de Dalí en el grupo surrealista es sumamente productiva: el artista participa en simposios, edita publicaciones, suscribe manifiestos y expone sus obras en diferentes países. Son ejemplos de la fecundidad de esta época algunas de las obras más reconocibles del pintor, como El Gran Masturbador (1929), La persistencia de la Memoria (1931) o Cisnes Reflejando Elefantes (1937), en los que su personal inventiva acaba de tomar forma en un universo pictórico tan exuberante como inquietante.

Sin embargo, pese a la fecundidad de esta etapa, la colaboración de Dalí con los surrealistas llega a su fin tras varios desencuentros de carácter político que acaban tensando la relación entre el pintor surrealista y André Bretón, quien acaba solicitando la expulsión de Dalí. Pese a que los desencuentros fueron diversos, uno de los más sonados fue el que tuvo lugar a tenor de la obra El enigma de Guillermo Tell (1933), donde el ideólogo ruso Lenin aparece representado con una nalga anormalmente alargada, hecho que propicia el descontento de André Bretón, preocupado por la ideología política de Dalí. Su expulsión definitiva tendrá lugar en el año 1939.

Más allá de las vivencias e influencias recibidas durante su época al frente del Grupo Surrealista, la década de los ’30 supone también un revulsivo para Dalí por otras razones: es también en esta época cuando conoce a Gala, con quien contraerá matrimonio en 1934, momento desde el cual nunca dejarán de estar juntos, pasando a convertirse en su musa inspiradora, tal y como atestiguan algunas de sus obras más conocidas, como L’Angelus de Gala (1935) o Mi mujer desnuda contemplando su propio cuerpo (1945).

La pareja Dalí – Gala en Estados Unidos: la consagración internacional del genio

Tras las desavenencias con André Bretón que culminaron en su expulsión del Grupo Surrealista, y debido a la incursión de las tropas alemanas en Burdeos en 1940, la pareja Dalí-Gala decide trasladarse a Estados Unidos, donde permanecerán ocho años.

Es durante esta etapa cuando Dalí alcanza su total consagración a nivel artístico, entrando en contacto con grandes nombres del panorama cultural, como Alfred Hitchcock, los Hermanos Marx o Charles Chaplin; y celebrando exposiciones en las grandes galerías y museos americanos.

De su nuevo círculo intelectual, cabe destacar sus abundantes colaboraciones en películas como Recuerda (1945), de Hitchcock, o en cortometrajes animados tan entrañables como Destino (1946), de la corporación Disney; así como su participación en el diseño de decorados para espectáculos musicales como A Surrealist Night in an Enchanted Forest (1941).

Merece también una especial mención la faceta de diseñador de joyas que Dalí desarrolla durante su etapa americana con los joyeros Alemany y Ertman, para quienes realiza unos fantásticos bocetos de joyas que pretenden reflejar la concepción y evolución del universo pictórico del artista. Destacan El corazón real (1953), una joya escultura realizada en homenaje a la reina de Inglaterra, imbuida de un fuerte simbolismo; o El cáliz de la vida , una clara alusión a la época renacentista.

En un alarde de su capacidad multidisciplinar, Dalí sigue cultivando, paralelamente al diseño escénico y la creación de joyas, su faceta de escritor, publicando artículos en revistas como Vogue o American Weekly y pergeñando sus propias obras literarias, entre las que vale la pena destacar la novela Rostros Ocultos (1944) y 50 secretos mágicos para pintar (1948), un tratado pictórico en el que ofrece sus propios consejos a los nuevos artistas, y realiza valoraciones personales sobre pintores como Picasso, Velázquez, Rafael o Ingres.

En cuanto a la pintura, Dalí se ancla en esta década en una visión clasicista con abundantes guiños al Renacimiento, como podemos ver en Slave Market (1940), Poesía d’Amèrica (1943) o The Basket of Bread (1945).

Esta etapa americana llega a su fin a mediados de 1948, cuando Gala y Dalí deciden volver a España, donde el pintor evolucionará hacia una nueva etapa que, por un lado, le acercará a la tradición mística española encarnada por San Juan de la Cruz o Zurbarán y, por otro, le llevará crear obras relacionadas con los avances científicos de su época.

Salvador Dalí: “Por qué fui sacrílego, por qué soy místico”

Es a finales de la década de los ’40 cuando Dalí, ya de nuevo en España, pasa página para experimentar su etapa mística y nuclear, caracterizada por el tratamiento de temas religiosos desde un punto de vista científico, imbuido por las matemáticas y los procesos de fusión y fisión nucleares, obsesión que se materializa en el universo del artista a tenor del lanzamiento de la bomba atómica a finales de la II Guerra Mundial.

Dalí expone los fundamentos de este viraje en su producción artística en la conferencia Por qué fui sacrílego, por qué soy místico, celebrada en el Ateneo Barcelonés en 1950, así como en el documento Manifiesto Místico, presentado en París en 1951.

Son testigos de esta peculiarísima etapa de la trayectoria artística de Salvador Dalí obras como La Madona de Port Lligat (1950), Corpus Hipercúbicus, Galatea de las Esferas (1952), El Cristo de San Juan de la Cruz (1951) o Las Tentaciones de San Antonio (1946); en las que el artista muestra su interpretación de las temáticas religiosas a través de una interpretación matemática de los espacios y las proporciones.

La etapa histórico-alegórica de Salvador Dalí

La década de los ’60 es para Dalí un momento de revisión en la que da lugar a grandes obras cuyo fin es narrar hechos históricos, reflejando su profundo conocimiento del academicismo arte pompier. Destacan, en este sentido, obras como El Concilio Ecuménico (1960) o La batalla de Tetuán.

De forma paralela, Dalí también mantiene su interés por los temas científicos, centrándose en la genética, disciplina que inmortaliza en cuadros tan impresionantes como Galacidalacidesoxiribunucleicacida (1963), en la que el autor plasma su personal asociación entre la estructura del genoma y los recuerdos de su etapa intrauterina.

Además de estas obras de gran formato, Dalí comienza a centrar sus esfuerzos en producir lo que él llamaba obras de arte totales, piezas ready-made de grandes dimensiones en las que concentrar toda su trayectoria artística, voluntad que se materializará en 1974 en el Teatro –Museo de Dalí en Figueres, el objeto surrealista más grande del mundo y un lugar en el que es posible abandonar la realidad para sumergirse en el universo del subconsciente daliniano.

Dalí y la experimentación óptica y tecnológica

A partir de los ’70, la trayectoria de Salvador Dalí se centra en la experimentación, buscando siempre nuevos recursos científicos con los que apoyar la labor del artista. Nace de este interés su acercamiento a la holografía y a la estereoscopia, en cuanto que formas de hallar la puerta a una nueva dimensión de la mirada con la que conseguir una nueva etapa de esplendor artístico: un nuevo Renacimiento. Encontramos un ejemplo a esta pretensión filosófica y experimental en la obra El Torero Alucinógeno (1970), donde el juego de volúmenes y sombras se diluyen sobre el fondo de la escena, una plaza de toros.

También durante esta década, Dalí sigue muy de cerca los movimientos centrados en la óptica y en los efectos visuales, como son el pop-art, el arte óptico o Op-Art y el hiperrealismo, dando lugar a obras como Odalisca Cibernética (1978) o Gala desnuda mirando al mar que a unos dieciocho metros se transforma en el presidente Lincoln (1975), cuadros en los que coquetea con la imagen pixelada y sus efectos.

Últimas pinturas de Salvador Dalí

Tras la muerte de Gala en 1982, Dalí se sumerge en una etapa de introspección y melancolía en la que retoma los orígenes de su pintura, realizando cuadros dominados por la estética clásica y marcados por un fuerte carácter expresionista, con frecuentes referencias a su desaparecida musa. Son representativas de esta etapa trágica obras como Llegaremos más tarde, hacia las cinco (1983) o Contorsión topológica de una figura femenina convirtiéndose en violoncelo (1983), en las que el referente y la figuración pierden fuerza ante la expresión y la interpretación de sus propias sensaciones, ahora reminiscentes, ancladas al pasado de su genio vivo.

Las obras postreras de Salvador Dalí son, en última instancia, un vistazo personal a sus propios estertores, a las postrimerías de su personal decadencia, proceso que observa como un espectador impasible, contemplando el paso del tiempo hasta que este se encarga, en 1989, de arrojarlo definitivamente al abismo de la muerte, devolviendo, así, al genio a ese averno de formas orgánicas y putrefactas que, con su pincel, consiguió hacer real en vida; consagrándolo en el espacio metafísico de la memoria.

Eva VilarC.