Joan Ponç i Bonet: el pintor de lo invisible

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 “Pintar es como amar. No puedo concebir

 ninguna de estas cosas sin intimidad absoluta”.

Joan Ponç y Bonet. Autobiografía.

 

Para Ponç i Bonet, la pintura es un instrumento con el que abrirse paso a través del misterio hacia el mundo de lo sobrenatural. Joan Ponç i Bonet fue un místico, un filósofo, un visionario; un ser atormentado que halló en el pincel el vehículo ideal para capturar la esencia de mundos tan reales como sórdidos y enterrados. Joan Ponç es un pintor de lo invisible que encuentra en lo terrible su motivación.

El universo  mágico de Joan Ponç i Bonet

Nunca he temido a lo terrible, pues siempre me ha enriquecido

Joan Ponç i Bonet.

La pintura de Joan Ponç Bonet trasciende las fronteras del arte elevándolo a la dimensión de lo sobrenatural, de lo invisible. Para el pintor, el arte es “un medio para penetrar en el misterio”, para hurgar en los costurones de la memoria –o de la locura— hasta lograr un atisbo de lo que es universal, perpetuo, inherente.

De esta suerte de trances; sus cuadros. Auténticos portales a mundos primigenios que consiguen arribar al umbral de nuestra realidad para instalarse en nuestro imaginario, haciéndosenos paradójica y extrañamente conocidos.

El universo ponciano es amplio, congruente y está dotado de un fuerte simbolismo en el que Ponç vuelca sobre el lienzo sus traumáticas vivencias de infancia y juventud, retratando así, con su vida como filtro, la esencia más primitiva y oculta del ser humano, de sus miedos y deseos.

Esta carga simbólica que pertrecha la pintura de Ponç i Bonet puede hallar su sustrato en la fuerte impresión que el famoso cuadro El entierro del Conde de Orgaz (1586-1588), de El Greco, le produjo en su adolescencia, mientras estudiaba en régimen interno en el Colegio Salesiano San Antonio de Padua de Mataró.

Una sola ojeada a cuadros como Carrer sense cap merit arqueologit (1951) o El Juglar (1950) basta para comprender que el de  Ponç no es un universo amable: es el universo de los desheredados, de los torturados, de los místicos, de los filósofos, de los surrealistas. El pintor se enfrenta a lo terrible para hacer de ello una metáfora y plasmarla mediante la forma y el color.

En los cuadros y dibujos de Ponç i Bonet podemos presenciar el elenco ponciano, dominado por la recurrente presencia de figuras demoniacas, criaturas híbridas, brujas y otros personajes mitológicos que se muestran escenificando complejas composiciones sobre el telón de fondo que conforman inquietantes parajes nocturnos. Es habitual la presencia de personajes grotescos y con un deje satírico, irónico, como vemos en Gardele (1947), donde una esperpéntica figura humanoide nos observa con burlesca expresión, como desafiándonos.

Todos ellos configuran el complejo entramado del universo de Ponç, el mundo de un pintor “maldito”, tal y como él mismo se define en su autobiografía, condenado por destino a vivir en la frontera que separa el mundo de los locos del mundo de los iluminados.

Joan Ponç Bonet: expresión vanguardista y radical

Más allá de la peculiar riqueza del universo ponciano, Joan Ponç es un pintor entregado a la expresión íntima y a la experimentación, cualidades que le han llevado a trabajar obsesivamente con diversas técnicas y a explorar numerosos lenguajes; de ahí la dificultad de encauzar su gran producción artística en una sola corriente pictórica.

En su larga carrera artística es posible hallar todo tipo de temas, aproximaciones pictóricas y experimentos técnicos y con el lenguaje. Ponç bebe profundamente de las influencias culturales de su época para mezclarlas con los despojos de sus experiencias vitales, hasta crear, en su etapa de madurez, un estilo único de plena expresión vanguardista.

El estilo pictórico de Joan Ponç i Bonet es complejo, permeable y explosivo. Es posible encontrar en su obra cuadros con fuertes influencias de Joan Miró, como podemos ver en Gallo (1947) o en  Composició I (1947). También aparece la huella del surrealismo orgánico de Salvador Dalí en Ictiol (1948), así como la pincelada expresionista  y primitiva de George Rouault en Ìntim (1947), obra que también nos evoca, irremediablemente, a las pétreas figuras del pintor gallego Laxeiro.

Tampoco es posible pasar por alto el dinamismo futurista de Marcel Duchamp en Homejane a Pau Casals (1968-1969), obra en la que también discernimos la notable influencia que Pablo Picasso ejerce sobre el artista.

Su afán por experimentar con las técnicas y los materiales acerca a Ponç i Bonet también a la pintura matérica de Antoni Tàpies, tal y como vemos en Suite Instruments de Tortura (1956). Al respecto, también vale la pena mencionar su gusto por experimentar con nuevos recursos, como la pintura-materia, una técnica pictórica con la que consigue que la pintura sobresalga de la tela gracias al empleo de pequeñas pinceladas elaboradas mediante una disolución más densa de lo habitual. Ponç denomina a esta innovadora técnica bajo el nombre de acupintura, y podemos apreciar sus resultados en obras como Acupintura (1963).

Joan Ponç fue, además, un gran dibujante, y de su larga carrera nos quedan cientos de dibujos en los que da cuenta de su destreza con el lápiz. Destacan obras como London, Cuatro Pájaros o Barcelona II , en las que también se hace patente el gusto del pintor por la estética del comic, que el pintor extrapola también a sus cuadros, como podemos ver en Suite Última Tauromaquia (1982).

Los múltiples influjos que permean su obra acaban fusionándose en un elegante estilo que conjuga el más puro espíritu de las vanguardias, dando cuenta de la ruptura que representa el convulso y caleidoscópico siglo XX para la profesión artística. Hablar de Ponç i Bonet, es, en definitiva, hablar de ruptura, de rebeldía, de vanguardia pura.

La carrera artística de Joan Ponç i Bonet

Joan Ponç i Bonet empieza a pintar con diecisiete años de edad y no abandona el pincel hasta su muerte en 1984. A lo largo de una dilatada trayectoria artística que se ha traducido en cientos de obras, es posible hallar en la producción del pintor catalán diversas etapas que, a continuación, nos disponemos a desglosar de manera cronológica.

 

Primitivismo Místico (1944-1946)

 

La primera etapa en la obra de Joan Ponç i Bonet nos remite a sus primeros años como pintor, entre 1944 y 1946. Durante este breve periodo, Ponç esboza por primera vez su universo, valiéndose de una libertad creativa que aproxima sus primeros cuadros al primitivismo pictórico.

Como podemos ver en Autorretrato (1946) (+enlace a http://www.wikiart.org/en/joan-ponc#supersized-featured-318255), sus primeras obras son dibujos de pequeño formato elaborados con óleo o tinta gouache sobre papel de embalaje donde aparecen, por primera vez, los esperpénticos personajes de Ponç.

 

En cuanto a los colores, el pintor utiliza una paleta bastante homogénea, en la que priman los ocres, verdes, rojos y negros.

 

Etapa Dau al Set (1947 – 1953)

 

Mi trabajo, con mayor o menor acierto, siempre ha girado en torno de lo mágico y, sin duda, era lo mágico la esencia del Dau al Set.

Ponç i Bonet. Autobiografía.

 

La segunda etapa de la producción artística de Joan Ponç i Bonet se vincula cronológicamente a la publicación de la Revista Dau al Set , fundada por el propio Ponç con la colaboración de Antoni Tàpies, Joan Brossa, Modest Cuixart, Arnau Puig y Joan Josep Tharrats, y que dará lugar a un movimiento de regeneración del panorama artístico que pretende devolver al arte la capacidad de indagar en la búsqueda de un lenguaje propio, más allá del arte vacío de contenido que caracterizaba a los artistas auspiciados por el régimen franquista.

Es durante esta etapa cuando Ponç manifiesta todos los elementos que pergeñan su universo y, también, el momento en el que toma contacto con sus principales registros pictóricos, que después explorará, estudiará y definirá a lo largo de toda su vida.

En estos cinco años, el universo de Ponç se despliega en ricas escenografías con una madurez y congruencia inusitadas.  Tal y como podemos ver en Suite Al-Lucinacions III (1947)  La Pressó (1950) o Suite Toros (1953) , los cuadros de este periodo nos muestran inquietantes imágenes de una increíble fuerza expresiva, como extraídas de un estado alterado de conciencia en el que el pintor se desenvuelve con facilidad.

Su dibujo es plano aunque cada vez más sofisticado, y se centra en un simbolismo que emerge de la interrelación orgánica establecida entre los distintos elementos que componen las escenas, como se aprecia en  Contornos (1950) o Fanafata (1950).

Así, sus criaturas aparecen plasmadas mediante colores puros e intensos, y envueltas en un aura irreal que ayuda a dar a sus obras el peculiar aspecto telúrico que caracteriza la producción artística de Ponç.

Etapa Brasileña (1953 – 1964)

Entre 1953 y 1964, la producción artística de Joan Ponç i Bonet se enfrenta a un periodo de ruptura en el que el pintor se aleja del entorno artístico catalán en busca de nuevas formas de ver y de pintar.

Durante estos años se dedica a la docencia, actividad que contribuye a asentar en el pintor una visión más completa del quehacer artístico, llevándole a indagar en nuevas posibilidades y técnicas.

Es el periodo más diverso y caleidoscópico de su trayectoria artística, en el que abandona la espontaneidad de sus primeros años para reforzar el aspecto geométrico de sus pinturas.  Los cuadros de estos años, como Suite Instruments de Tortura (1956) se muestran más introspectivos. Su universo se vuelve más hermético y críptico a medida que Ponç consolida su obsesión de que la pintura es un método para establecer contacto con lo absoluto.

La iconografía también es más rica y compleja que nunca, exagerándose el elemento mágico y misterioso. El pintor retoma la figuración, haciendo uso de motivos animales y vegetales como peces, pájaros, cabras o lobos.

En cuanto a los aspectos técnicos, Ponç también se centra en la experimentación, acentuando el aspecto matérico de sus pinturas y empleando recursos como la ya citada pintura-materia.

Durante esta etapa, Ponç acostumbra a trabajar en series, entre las que podemos destacar Suite Ocells (1961) .

Etapa de madurez (1964 – 1967)

La etapa de madurez de artista tiene lugar durante la segunda mitad de la década de los ’60. Durante estos años, el pintor consigue integrar en una personal y congruente propuesta pictórica las distintas líneas de trabajo que había recorrido en periodos anteriores.

Las obras pertenecientes a este periodo nos muestran al Ponç más auténtico y personal. Tal y como podemos ver en Sin Título (1966), su universo simbólico alcanza su máxima plenitud expresiva, manteniendo la temática sobrenatural y el onirismo atmosférico, así como el equilibrio compositivo y el geometrismo estudiado en épocas anteriores.

Ponç introduce en sus obras la degradación de colores en los fondos y aumenta el carácter satírico de sus composiciones, ahora plasmadas en obras de gran formato que mantienen el detallismo y minuciosidad de los pequeños dibujos.

Última etapa (1968 – 1984)

A finales de los ’60, la enfermedad marca la vida y la obra de Ponç i Bonet, aquejado de una diabetes que le hará perder, temporalmente, la visión de un ojo.

Los cuadros de esta época son un constante diálogo con la enfermedad y la muerte, en el que el pintor plasma sus miedos y reflexiones mediante el uso de imágenes de gran potencia alegórica e irónica.

Destacan de esta época cuadros como Habitación Diabólica (1979) o Enmascarado (1981)

Biografía de Joan Ponç Bonet

Según decía el propio Joan Ponç i Bonet, el dolor le acompañaría desde el mismo momento de su  nacimiento hasta el final de sus días.

El pintor nace en la Barcelona de 1927, donde vive una problemática infancia cuyos fantasmas arrastrará a lo largo de toda su existencia. Empieza a dibujar con tan solo siete años, cuando sus padres lo castigaban en el tejado del domicilio familiar, donde dejaba pasar las horas dibujando con las uñas sobre el yeso de las paredes.

Joan Ponç i Bonet no era un buen estudiante, hecho que lleva a sus padres a internarlo en el Colegio Salesiano de Mataró, donde descubre una reproducción del cuadro El Entierro del Conde de Orgaz, que le causa una gran impresión.  Sin embargo, y pese al descubrimiento, su estancia en el internado no es agradable para Ponç, que consigue, bajo amenaza de suicidio, que sus padres lo saquen del centro. Prueba de esta experiencia traumática la hallamos en sus primeros dibujos, en los que representa a los alumnos del colegio como seres torturados por monstruosos profesores.

Con diecisiete años comienza a asistir a clases de pintura con Ramón Rogent, quien le enseña lo básico del oficio y pasa a convertirse en su primer referente de artista profesional. Apenas dos años después, el marchante Joan Vinyals repara en el talento del joven Ponç y adquiere todos sus cuadros. Es de su mano como el pintor realiza su primera exposición en la Galería Arte de Bilbao, aunque no recibe una buena respuesta de los asistentes, que miran con recelo las tétricas escenas propuestas por Ponç.

Cuando llega a la veintena, Joan Ponç comienza a vincularse a distintos grupos artísticos de su localidad, como el grupo La Campana, fundado por el pintor dominicano Jaime Colson en una taberna del distrito de Gracia, donde se reúnen diversos pintores de la época.

También en 1947, Joan Ponç funda con Joan Brossa la Revista Algol, en la que colaboran Arnau Puig, Francesc Boadella y Jordi Mercadé y que, a pesar de resultar en un estrepitoso fracaso económico, siembra el germen de la revolucionaria Dau al Set.

Aunque su carrera como pintor durante estos años no es bien recibida, Ponç continúa formándose mientras viaja por España visitando con asiduidad el Museo del Prado, donde estudia a los clásicos.

En 1948, Antoni Tàpies, Cuixart, Tharrats, Puig, Brossa y Ponç retoman la experiencia de Algol y fundan Dau al Set, que se convertirá en una publicación paradigmática de su época, y a la que acabarán por adherirse otros pintores y poetas del momento hasta dar lugar a un segundo movimiento de vanguardia en el panorama del arte catalán de mediados del siglo XX.

A finales de los ’40, la suerte de Joan Ponç comienza a cambiar y sus cuadros empiezan a ser valorados por la crítica. Así, gracias a la intervención de Eugeni d’Ors, el pintor consigue exponer sus cuadros junto a los de maestros vanguardistas como Joan Miró, Salvador Dalí o Torres García.

A mediados de siglo, Joan Ponç i Bonet es un pintor reconocido y cuenta con un estudio en la emblemática Calle Avignon, donde trabaja intensamente. Celebra exposiciones regularmente y tiene encuentros con Salvador Dalí y Joan Miró, a quienes profesa una gran admiración.

En 1953 y con recomendación de Joan Miró decide mudarse a Brasil para ampliar sus influencias, país en el que comienza una etapa de profunda autocrítica. Vive en una pequeña casa en la selva, estudiando y pintando,  mientras consigue exponer en numerosas salas entre las que destacan el Museo de Arte Moderno de San Paulo.

Sin embargo, es también esta una etapa de ruptura en la que se desencanta del oficio artístico, por lo que decide dedicarse a la docencia como forma de mantener su libertad creadora al margen de las tendencias del mercado. Sus obsesiones con los temas metafísicos se agudizan durante esta etapa hasta que resulta internado en un manicomio de São Paulo.

Finalizado su ingreso en la institución mental, decide volver a España para instalarse en el Bruc, donde se dedica a trabajar intensamente y en soledad, sin mostrar sus cuadros a nadie.

En 1964, su obra más reciente sale a la luz en una exposición retrospectiva celebrada en la Galería René Metras de Barcelona, donde recibe una cálida acogida por parte de la juventud, que desconocía los cuadros de Ponç.

Un año más tarde, Ponç i Bonet recibe el Gran Premio Internacional de Dibujo por sus trabajos realizados en Brasil y se le dedica una sala especial en la VIII Bienal de São Paulo, hecho que consolida su prestigio como pintor.

A lo largo de los ’60 y ‘70 también se celebran diversas exposiciones retrospectivas sobre su obra en numerosas salas de diversos países, entre las que destacan Galería Staempfli de Nueva York o el Musée d’Art Moderne de la Ville de París, así como en prestigiosas galerías de España, como la Galería Biosca de Madrid  o las Galerías René Metras, Dau al Set o Joan Prats de Barcelona.

Los ’70 son también una época de frenética actividad editorial para Ponç, que realiza una serie de aguafuertes para ilustrar el célebre libro La metamorfosis de Kafka. También edita, en colaboración con Josep Vicenç Foix, las obras La pell de la pell  (1970) y 97 notes sobre ficcions poncianes (1974), e ilustra con sus dibujos los libros Ojos, círculos, búhos (1970) y Devoraciones (1976) de Luis Goytisolo.

En los años ’80, su salud comienza a resentirse todavía más, sumándose a la diabetes que arrastra desde la década de los ’60 nuevos problemas de riñón que lo condenan a pasar sus últimos años de hospital en hospital. Finalmente, y tras haberse sometido a un trasplante de riñón, Joan Ponç i Bonet fallece en 1984 en Saint Paul de Vence.

Eva VilarC.